Al hablar de planificación estratégica, solemos ubicarnos en los extremos del espectro: por un lado creemos que la solución mágica se encuentra en un conjunto de definiciones y herramientas tipo, que provienen de múltiples aplicaciones pero que en su conjunto son una superposición de partes y piezas y que, por lo tanto, no constituyen una aplicación real, sino una agregación de prácticas que permite construir una abstracción, la descripción de una situación ideal, más útil para una reflexión académica que para replicar buenas experiencias.